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Según Erskine, el evangelio es la buena noticia de que Dios ha perdonado a la raza humana. El perdón debe ser proclamado como un hecho logrado. Es universal. Esta completo. Incluye a todas las razas de la humanidad. Y es incondicional. Al parecer, muchas personas creen que esto es la pura verdad del evangelio. Yo soy uno de ellos. Pero, por otro lado, hay muchos a quienes este incondicional mensaje les tiene profundamente preocupados.
Entonces, ¿por qué encontramos en el Nuevo Testamento tantos llamamientos a la fe y al arrepentimiento? Si hemos sido perdonados para siempre, ¿qué más da creer en el evangelio o no? Y ¿qué significado tiene esta libre declaración para vivir la vida cristiana?
Lo que inquietaba a Erksine era que el evangelio había sido diluido tanto a fin de evitar estos escollos, que se había convertido en un mensaje ambiguo en el que el perdón se hizo dependiente de nosotros, fuese a través de la fe o las obras. Si nos arrepentimos y si creemos, entonces y solo entonces nos perdonará Dios. Erskine sabía que si nuestro perdón dependiera de nosotros mismos o de lo que hacemos o creemos de alguna manera, entonces jamás encontraremos sanación para nuestras almas.
“Yo pienso que mucha de la dificultad teórica sobre este asunto ha surgido de nuestra creencia de simplemente considerar al cielo como una recompensa, y al infierno sencillamente como un castigo – y al perdón como una liberación del infierno que nos da entrada al cielo” (p.8). Aquí Erskine está haciendo una distinción crítica entre el perdón y el cielo.
Para Erskine, el cielo es la vida que experimentamos cuando nuestras almas son lavadas por el amor del Padre. El Infierno es la vida, por así decirlo, que experimentamos cuando desconocemos por completo como es el amor del padre. “Al cristianismo se le puede considerar como un sistema medicinal revelado por Dios para el tratamiento de almas enfermas. Cielo es el nombre que se da para la sanidad del alma, e infierno es el nombre dado a la enfermedad; y el destino del cristianismo es producir cielo, y destruir infierno” (p. 9).
Para Erskine, aquellas personas que nunca han escuchado que están perdonados – y creído que esa es la verdad – no son personas íntegras, saludables, espiritualmente florecientes; sino que están plagadas de temor en vez de paz; egocentrismo, y no amor; desesperanza, en vez de confianza. Sus almas están profundamente turbadas. Son miserables, tristes y enfermos.
El evangelio – las buenas noticias de nuestro perdón incondicional dado por Dios – es medicina espiritual para nuestras almas. Nos dice en voz bien alta que somos amados por siempre, aceptados y adoptados por el mismísimo Padre. “El perdón, por consiguiente, no es el cielo – tanto como un medicamento no es salud. “El perdón es proclamado libre y universalmente – es totalmente gratuito – es incondicional e ilimitado – pero el cielo está limitado a aquellos que son santificados por la fe en el perdón” (p. 11).
Creer firmemente en el amor de nuestro Padre y en el perdón que él ya nos dió, es como tomar el medicamento espiritual que sana nuestras afligidas almas. Negarse a creer en el amor de nuestro padre y en su perdón no cambia el hecho de que somos amados y de que ya hemos sido perdonados; pero deja a nuestra alma sin sanar.
 

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